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quererse a una misma también se entrena

Todavía hay quien baja la voz al hablar de esto, como si el placer en solitario necesitara una excusa para existir. No la necesita. Es una de las formas más antiguas y más sanas de conocerse a una misma, y sin embargo sigue arrastrando una vergüenza que no tiene mucho sentido si lo pensamos con calma: ¿por qué iba a ser incómodo dedicarse tiempo a una misma en algo tan básico como el propio cuerpo?

Parte del problema viene de cómo se ha contado tradicionalmente: como un sustituto de algo «mejor», como un plan B cuando falta compañía. Le damos la vuelta a esa idea con gusto. El placer en solitario no sustituye nada, es su propia categoría, con sus propias ventajas: no hay que coordinar horarios, no hay que estar pendiente de nadie más, y es el terreno perfecto para descubrir qué funciona antes de, si se quiere, compartirlo con otra persona.

Dos caminos, ningún manual obligatorio

A grandes rasgos, hay dos formas de acercarse a esto, y ninguna es más válida que la otra. Está el camino de lo sencillo: las manos, el tiempo, sin prisa, sin nada añadido. Es el punto de partida más honesto, porque enseña qué gusta y qué no antes de meter cualquier otra variable en la ecuación. Y está el camino de apoyarse en un juguete, que no viene a sustituir lo anterior sino a ampliarlo: hay sensaciones, ritmos y constancias que resultan más fáciles de conseguir con ayuda que sin ella, y no hay nada de malo en usar la herramienta adecuada para lo que se busca.

Lo que sí merece la pena es quitarse de encima la idea de que esto necesita un motivo especial o una ocasión concreta. No hace falta estar soltera, ni estar de mal humor, ni tener «necesidad». Puede ser, simplemente, un rato para una misma un martes cualquiera, de la misma forma que uno se da un baño largo o se prepara algo rico de cenar sin más justificación que apetecerle.

En el catálogo hay opciones pensadas específicamente para este uso, discretas, fáciles de guardar y de limpiar, para quien empieza y para quien ya sabe lo que le gusta. No hace falta un ranking de diez cosas imprescindibles ni una lista de tareas. Hace falta, sobre todo, perder la vergüenza de admitir que dedicarse tiempo a una misma es tan legítimo como cualquier otro cuidado personal.